jueves, 5 de diciembre de 2013
TEXTO Y DISCURSO EN CHIMBOTE
Sobre el texto y discurso existe una problematización en su definición y, en casi toda la bibliografía no está ausente la ambigüedad, la polisemia y hasta la sinonimia. Por lo tanto, si alguien preguntase qué es el discurso y qué es el texto, habría que replicar: ¿”Desde qué perspectiva estás preguntando?” Por ejemplo Sarfati (1993) explica que el discurso puede tener un sentido específico al referirse a la conversación y una tendencia general, al referir a toda clase de signos. Van Dijik, lo reafirma:
“….debemos tener conciencia clara de la diferencia teórica entre el uso abstracto del término "discurso" cuando nos referimos a un tipo de fenómeno social en general y el uso específico que hacemos de él cuando nos ocupamos de un ejemplo concreto o un ejemplar determinado de texto o de conversación”.
En otras palabras, se puede enlazar con la la concepción de la lingüística textual que estudiaba al texto sin contexto , mientras que la disciplina del Análisis del discurso, consideraba al discurso como un texto en el contexto. En este trabajo nos referiremos básicamente al discurso como generalidad y que opera a nivel de las ideas o del contenido semiológico con que la sociedad y suma de textualidades colectivas individuales se desenvuelven. Creemos, como decía Van Dijik, que el discurso es una parte intrínseca de la sociedad y participa de todas sus injusticias, así como de las luchas que se emprenden contra ellas. Por eso, todo ensayo, todo trabajo no solo debe limitarse a brindar una descripción elemental de las entidades que se suceden en el acontecer de la realidad, llámese pólitica, cine, literatura, etc, sino que debe haber una criticidad, según Van Dijik:
“Los analistas críticos del discurso no se limitan a observar tales vínculos entre el discurso y las estructuras sociales, sino que se proponen ser agentes del cambio, y lo hacen como expresión de solidaridad con todos los que necesitan con urgencia ese cambio “.
De estas ideas expuestas habría que preguntarse, por ejemplo, ¿Cómo ha evolucionado el discurso social y político en Chimbote a partir de la historia? ¿Ha existido una postura heterodiegética de la historia como ensoñación en los textos de Unyén o de los demás “historiadores”? ¿Ha sido el discurso sociopolítico de los gobernantes de turno un acercamiento a lo “Chicha/informal” o es el reflejo de una realidad pobre de espíritu? En los textos periodísticos diversos y en las entrevistas que se han observado por la televisión podemos advertir que los discursos tienen un hilo común: una carencia de ideas y de soporte sociopolítico, ausencia de paradigmas filosóficos y vaguedad en las propuestas. Por ejemplo el Presidente Regional de Ancash, César Alvarez, (Véase http://www.youtube.com/watch?v=gE4nDYi6iv8) a través de esta entrevista, revela un modus oprerandi basado en la informalidad, lo que en el fondo transmite el nivel educativo de los gobernantes de turno y la forma en que los argumentos políticos se usan para manipular o maquillar la realidad. Hay en estos gobernantes una política del insumo como estrategia o del clientelaje como práctica, donde lo importante es la “reelección” y no el desarrollo sostenible de la comunidad. A través de un Estudio Crítico del Discurso (ECD) se puede ver que periodistas “comandos”asumen un rol desde el poder de la autoridad y niegan los demás discursos que entran en contradicción con ellos. En esta lógica de afirmación y negación parece afirmarse una ausencia de criticidad social, debido a que los sujetos parecen embrutecidos por la puesta en escena de una realidad “mediática”.
Por eso, el contexto chimbotano y neochimbotano requiere de una lectura profunda que desmitifique la era arguediana y que deconstruya el mito de la ciudad. Hay que considerar que los discursos marginales y del poder parecen chocar y ser antagonistas, y en ciertos casos llegan a unirse, por ejemplo cuadros políticos de barrio que apoyan los discursos de candidatos impresentables. ¿Por qué la gente reelige a personajes que lucran con el poder? ¿Por qué estas personas tienen un imaginario social arraigado a lo decadente, como repertorio de la ciudad chimbotana? ¿Es el discurso de la ciudad una situación emblemática inmodificable? Creemos que la criticidad ausente de los textos sociopolíticos o literarios coadyuvan a una actitud conservadora, frágil. La discursividad de la ciudad se muestra aletargada por una condición pasiva, mediocre, de paradigmas educativos pobres.
En conclusión, el discurso chimbotano, en el ámbito político , social y periodístico obedece a patrones establecidos por la práctica informal y por una conciencia social “farandulera” que apenas advierte de este fenónemo.
SARFATI (1997). Elementos del análisis del discurso.Paris: Nathan
EQUIPO: SARITA “LA CARTONERA”
Coral Avila, Erica
Morales Viera, Italo
Pérez Castillo, Sara
Rentería Valera., Betty
sábado, 19 de octubre de 2013
¿MEDIO O FIN? EL USO DE LA COMPUTADORA EN EL AULA
Hoy en día, ante el avance de la tecnología y uso avasallador en los medios educativos, surgen unas interrogantes que nos pueden ayudar a reflexionar sobre sus potencialidades y debilidades. ¿En qué medida el usar una diapositiva en clase, convierte a un docente tradicional en moderno? ¿Sólo el uso de los soportes tecnológicos es garantía para que la educación sea significativa y útil para el alumno? ¿Es el Facebook una herramienta de distracción o de utilidad persuasiva? ¿En qué forma el docente reflexiona sobre lo que hace con las herramientas TICs?
Creo que hoy en día el uso de las computadoras en el aula corre el peligro de ser un elemento pasivo y hasta distractivo, sino no es aplicado con la suficiente base interactiva, reflexiva y crítica. ¿Sólo el ludismo es elemento suficiente para garantizar su éxito? ¿De qué sirve una pizarra interactiva frente a un niño que no sabe leer de corrido o cuando sus habilidades matemáticas son deplorables? En el uso de las nuevas tecnologías hay ciertamente elementos que hacen posible el aprendizaje, pero se debe tener en cuenta criterios como contextualidad, sociabilidad, significatividad y reflexión. No olvidemos que el mejor aprendizaje es aquel que se almacena en la memoria a largo plazo y no aquel que se disuelve en las pantallas del ordenador.
jueves, 30 de mayo de 2013
MORFOLOGÍA Y LITERATURA
La literatura es una actividad que usa la palabra como repertorio para su desarrollo dialéctico desde el yo hacia el mundo y viceversa. En base a esto podríamos entender que estudiar la palabra requerirá un dominio de lo formal en sus partes clásicas y que a la literatura poco le importa las enrevesadas cuestiones de la gramática profunda. No obstante, hay algo definitorio: la morfología de la palabra exige una morfología de la emoción, una sintaxis de lo humano.
La morfología es una disciplina que aborda la palabra como organismo estático, casi en actitud de un médico forense. No sé hasta qué punto la morfología enseñe a escribir, pero si puede enseñar a reflexionar sobre los profundos sentidos de los significados mínimos. Nos pone los límites en que la palabra no debe trasgredir lo mínimo indeseable. Jugar con el sufijo es cosa seria y más aún cuando se trata de neologismos.
jueves, 28 de febrero de 2013
AL BORDE DEL CAMINO
Al borde de la carretera hallé a Juan O...caminando bajo los efectos de alguna borrachera atroz. Lo reconocí por el perfil mestizo y por el discurso alucinado que escupía a la noche. Lo llamé por su nombre, impávido, sabedor que pronto habría de morirse. Se detuvo y me echó una mirada gris. Me acerqué y le tendí la mano.
-¿Lo conozco?-me preguntó con temor y dejándome desairado.
-Quizás, pero no importa -repliqué-No camine por este sendero porque lo llevará a la muerte.
Rió lanzando grandes carcajadas. La noche era azul y fría y desde el fondo de mí emergía la lástima.
-Déjame en paz-gritó con tono furioso-¿Acaso eres Dios?
Se arrastró lentamente sobre la delgada carretera. Desde el otro lado de la calle, el rumor de la ciudad era grotesco. Lo vi por última vez: parecía una sombra, un pájaro sin alas.
martes, 11 de diciembre de 2012
El
maquillador de muertos
Había aprendido su oficio
en las largas faenas que tuvo con su padre: un viejo taxidermista que
acostumbraba cambiar las córneas de los cadáveres. A los diez años sabía que
abrir el estómago a un hombre era tan común como disecar un gato o calcinar una
cucaracha. Se hizo amante de los cuerpos fríos y de los silencios que emitían
los seres inertes. Nunca pronunció un quejido de espanto cuando trasnochaba,
solitario, en medio de decenas de muertos a sus costados. Aprendió a comunicarse
con ellos al igual que un jardinero lo hacía con las flores; les hablaba
despacio, les reñía por la tosca apariencia, qué cara tienes, y por sus raras formas de abrir los ojos más de la
cuenta. Cuando los hallaba rasgados por la barriga o con el cráneo agujereado
les daba un sermón sobre la prudencia que requería la vida nocturna en la
ciudad, blancos fáciles de nómades y de vagabundos, hijos de la nada, a ella han de volver. Sabía que los
muertos en el fondo lloraban en silencio, que ocultaban un lenguaje imposible
que él quería descifrar. Los veía con los labios pegados y los brazos rígidos,
lívidos, sobre cuya piel grababa un grafiti. Aprendió que quererlos, a comprender
su eterna mortandad.
Una noche, cuando había trabajado más de la cuenta, le trajeron
un cadáver con signos de haber caído a un abismo. Sospechó del carácter suicida
del sujeto: algo de su presencia intolerable le parecía un déjà vu. Le interrogó sobre su historia, sus
modales rudos en la mesa y le prometió
dejarlo como si estuviera en el día más festivo de su vida. No le importaba si
habría respuesta, prefería el silencio a tener que contradecir una idea. Le
tocó la frente como si fuera un niño, Borraré
tus ojeras y tus malas noches, mientras a sus costados las bombillas de luz
lo martirizaban, insectos, luciérnagas sin luz.
Lentamente cogió una
ampolleta y presionó sus labios para
inyectarle un líquido semejante al colágeno. Quiso que sus labios fueran
grandes, vivos, como antes lo habían sido. Extrajo de la repisa una botella de
alcohol y lo humedeció con un trapo, huele a bar, a indecencia; luego removió su piel, de a pocos, con leves
masajes a la altura del mentón: zona hueca y sangrante que evidenciaba el signo
de una batalla. Enseguida diseminó unos polvos naranjas sobre la piel cruda y
amarilla. Sabía que de alguna forma el muerto había sido un hombre curtido de
vanidad. Lo sospechó por sus tatuajes de seres mitológicos que llevaba en el
pecho: un Centauro verde batallando contra Pegaso. Asimiló su semblante parecido a un poeta subterráneo,
cuyo nombre le era volátil. Pensó, (imaginó) en las decenas de veces que el hombre
había visto los ojos de una mujer hermosa, conjeturó sus palabras, el te amo dulce y la voz quebrada, imaginó el rechazo, la fuga nociva de la mujer
hacia un lugar imposible de alcanzar. Lo vio extraviado, sucio, en las calles
grises, bajo los puentes sensibles, nunca
debiste amarla más de la cuenta, surcando
un río que le llevara hacia el mar.
No quiso seguir dejándose
avasallar por la locura y el fácil
retorno a la ficción y volvió a la tarea. Dejó que sus manos vayan dejando
sobre el rostro el gesto vivo de un animal recién nacido. Sintió el amasijo de
una cara que se van creando de la nada como si estuviera diseñando un hombre
nuevo, con el corazón antiguo. El tiempo le pareció ordinario, el amor ha sido tu asesino, murmuró con
el alma en vilo. Luego de media hora vio que la piel iba dejando la palidez
para ir ganando un color rojizo. Se alegró y pensó que quizás en el fondo
estaba jugando a ser Dios. Le dio a su frente el brillo natural que brota de la piel sucia, sin lavar. No
quería que el muerto se viera como si estuviera
expuesto para ser fotografiado para la eternidad, sino que tuviera la
fácil naturalidad de un día cualquiera: encontrarse igual en el espejo en la
mañana.
Finalmente cuando vio que
su trabajo estaba listo se inclinó un poco, retrocedió y desde cierta distancia
susurró, Levántate, Lázaro, con
lastima como si algo se le hubiera quebrado en el interior. Cuando recordó que
había dicho la misma frase de otras veces se sentó, encendió un cigarro y se
puso a llorar, levántate. Dentro sí
ardía una palabra, Lázaro, la única que le salía de la boca.
LA ESTEPA CALCINADA: UNA LECTURA DEL SENTIDO MÍSTICO Y SOCIAL
Por Italo Morales.(*)
LA
ESTEPA CALCINADA de Feliciano Padilla
reúne nueve cuentos construidos sobre un espacio homogéneo: Puno. Son relatos
atravesados por la prolongación del
telurismo: el binomio hombre-naturaleza y por la certidumbre de un humanismo
rebosante. Se aleja ideológicamente del neoindigenismo y se
centra más bien en un mundo diferente: un territorio místico, de reflexión
étnica e intercultural, cuyos personajes-enigmas dejan margen para la denuncia
social y política.
Lo místico
es extender comunicación con la naturaleza y con uno mismo, es sustraerse y
vislumbrar la luz que habita en la otredad: es evasión, es refugio ante lo
prescindible. En algunos cuentos se percibe esta postura, que no tiene nada de orientalista ni
de actitud maniquea, sino que es una respuesta ante lo real. En EL PAÍS DE LOS
URUS, por ejemplo, el personaje-narrador tiene un encuentro místico con un
sabio de rasgos fantasmales: un viejo aimara descendiente de los Urus. La idea
del eterno retorno, la vuelta a la Utopía se
condiciona necesariamente con un presente caótico que conduce a la
imprescindible comparación nostálgica de lo acaecido: “Todo acabó para aquella
raza de superhombres” (p.6). Dentro de esta idea la evasión es postura
metafísica, que no sólo implica
recuperación del pasado, sino que lleva una fuente mesiánica poderosa: lo
inverso, es decir el pasado debe alterar el presente para que el bien resurja:
“esa raza volverá (...)que esa raza retorne para salvar el mundo” (p.7). En ese país de los Urus está
el maná, la energía desde donde se nutre el presente inexplorado.
Este tipo de comunicación con la
naturaleza y con sus voces percibidas
desde otro ángulo no inmediato, se aprecia en el cuento ATRAPADO ENTRE LA
SOLEDAD Y EL LAGO. Aquí, un pescador, antes de
regresar a su hogar queda arrobado por un redescubrimiento del Lago
Titicaca, con su paisaje poético y con la imagen espectral de una mujer-enigma.
Todo esto le arrastra hacia una evasión
carente del rigor metafísico, sino más bien se emparenta con la
sabiduría que encierra la naturaleza.
Cuando el personaje llega a su hogar se enfrenta con el pragmatismo del mundo
vertiginoso. Esta dicotomía naturaleza-ciudad es equivalente a
felicidad-infelicidad, según la atmósfera y la postura que pretende mostrar el
autor. Por eso la materialidad se opone a la irrealidad que significa una
suerte de refugio: “El puerto es el mismo infierno” (p.9). Lo opuesto sería: la
naturaleza es el cielo.
La evasión a veces se estrecha con el deseo de la
recuperación histórica, como en EL PAÍS DE LOS URUS o con
la invocación a la fuente divina para el alivio de los males terrestres
como en SONATA DE LOS CAMINOS OPUESTOS. En este último cuento, Manuel después
de huir de la comunidad de Khero,
perseguido por sus verdugos, vislumbra el amparo remoto de su elemento
totémico: el sol. Es que: “El sol lo era
todo para él. Lo había sido desde sus antepasados: dios del universo...”
(p.42). Pero como el devenir histórico es dialéctico (desde la racionalidad
occidental), la circularidad aimara o
quechua no se completa y la recuperación del pasado se vuelve fantástica y el
final tiende a ser trágico. Todos los cuentos acusan este tono. Esto lo
entiende también uno de los personajes en el cuento CALÍGINE cuando le dice a otro: “Te empeñas vanamente
en volver hacia atrás” (p.11). No hay
escapatoria; no hay refugio en la contemplación y en el asombro. La
realidad lo disuelve todo: la trama se nubla con un destino que sobrepasa el límite de los
personajes. De esta manera la evasión afirma cierta aura mística en estos
cuentos, pero no define necesariamente una línea clara sobre un pensamiento
utópico. No existe peso ideológico que refuerce el sentido de los temas.
En todos los cuentos, excepto en
SONATA DE LOS CAMINOS OPUESTOS y EL CANTO DEL KILLINCHI GUERRERO, existen personajes que asumen un rol
paternal, irradiados de un mayor o menor grado de misticismo: una suerte
de fuente de sabiduría que ayuda al
personaje central en su viaje hacia el conocimiento. Algunos de estos seres
tienen el rasgo de lo enigmático: aparecen, se diluyen, quedan en la memoria
frágil.
En EL PAÍS DE LOS URUS, el personaje central al
encontrarse con el sabio aimara, revela en él su condición paternal: “Su semblante de filósofo
aimara” (p.6). Éste lo sumerge en la historia de los Urus, lo abisma con su
leyenda. Es una revelación casi de carácter religioso que, al final, el discípulo queda abrumado con la
experiencia. Es un acercamiento místico con la historia, con sus raíces étnicas
que, al revelárselas, pretenden
aleccionar el porvenir. En el desenlace uno asiste al carácter fantasmagórico
del personaje-enigma que se disuelve en su espejismo.
Otro personaje con este carácter
se encuentra en CALÍGINE. Aquí, un profeta de perfiles mesiánicos anuncia
prontos cataclismos para la ciudad, y le revela al personaje-eje que pronto lo
enterrarán. Éste, incrédulo, se resiste
a asumir esta idea. Pronto descubre que en verdad siempre había estado muerto.
El profeta es un enigma desde la perspectiva del personaje central: es una
suerte de Cristo en medio de una
atmósfera apocalíptica y destructiva.
En el cuento LA ESTEPA
CALCINADA, la figura del viejo Melchor, se convierte en místico por su propia
figura paterna: “El viejo era recio como una roca milenaria y eterno y sabio
como el tiempo” (p. 15) No es necesariamente un Mesías, pero su idiosincrasia le imprime un sello caudillista, paternalista, más cerca
de lo religioso que de lo político: “Tú eres viejo, como nuestro padre eres”
(p. 16).Lo enigmático no es un desconocimiento per sé, sino una aprehensión no
inmediata de lo sensible.
En PASAJERO
DE TREN DE MEDIANOCHE, el personaje central, en pleno viaje de tren, se encuentra con un extraño acompañante que
resulta ser el Tiempo. Es el cuento más reflexivo de todos. La idea de la
fugacidad de la vida explora niveles de angustia casi no percibidos en otros relatos,
bajo estas líneas filosóficas. El personaje-enigma: el Tiempo, asume, por su
propia condición, una postura divina: “Yo soy el que debe ser” (p.23). Este
misticismo de correlato cristiano podría haber involucrado otra apertura del
rasgo existencial de la conciencia, una especie de ser-para-sí, que hubiera
dotado de mayor suficiencia al cuento.
De igual forma en LOS DISCÍPULOS DE ROBESPIERRE (de muchos
matices políticos), el personaje-enigma es un poeta puneño, que advierte a un
candidato municipal de no efectuar su mitin
en Laykakota: lugar donde se ritualiza la decapitación al injusto. Es un personaje que sirve de
puente comunicante: revela parte de la realidad, pero él mismo queda en la
incertidumbre.
El último de estos
personajes está en el cuento MACHU
SUNQASAPA. Relata la historia de unos
escoleros que le temen a un enmascarado (Papá Noel), que resulta ser el mismo
profesor de la comunidad. Al principio el rasgo enigmático tiene un tono serio,
pero luego asume un carácter festivo. La interculturalidad de este cuento, tal vez no tenga el mismo
rasgo místico de los otros relatos, pero contribuye a dar relevancia a la atmósfera general del libro.
La denuncia social y el discurso
indirectamente político no podían estar ausentes en estos cuentos cuyo escenario
es Puno: mundo marginado y castigado por la naturaleza y el olvido. Las sequías, las inundaciones,
mezcladas con los abusos gamonalistas, permiten la introducción de personajes
que hierven en venganzas y miedos. En EL CANTO DEL KILLINCHI GUERRERO, narra la
historia de un dirigente de la comunidad
de Totorani que es castigado por defender su espacio civil de los abusos
gamonalistas. La idea de la defensa de la territoraliedad indígena está
presente: “Cooperativa hay que invadir” (p.26). Este dirigente, Lorenzo
Calahuilli, no puede contra ese
designio que rebasa su propia desgracia:
entre los verdugos estaba también parte de su familia.
La tragicidad se anuncia con
mayor nitidez en-según nuestro criterio- el mejor relato: SONATA DE LOS CAMINOS
OPUESTOS. Manuel, el indio perseguido
por sus vengadores parece condenado por un destino superior. Lo horrendo se
percibe al final, cuando es enterrado
vivo por su propio hijo. El aspecto político, aunque con menor nitidez, se
aprecia en LOS DISCÍPULOS DE ROBESPIERRE. Aquí la ironía y el ingrediente
digresivo resaltan más que los ánimos
electorales del candidato municipal.
En el
cuento LA ESTEPA CALCINADA existe una
digresión política que pretende explicar
el proceso evolutivo de la comunidad. Es un espacio, que quizás no guarda
relación con el tono del cuento, pero de alguna manera lo complementa.
REFERENCIAS
FINALES
. En cuanto a la técnica y
estructura de los relatos, éstos tiene un mismo planteamiento: a) iniciar con
la acción, b) efectuar un flashback breve para explicar el pasado, c) reiniciar
el tiempo y narración iniciales. Algunas
veces introduce digresiones de orden histórico y político para sintonizar con
la temática. No obstante, a veces, estas digresiones no concuerdan con la línea
seguida en la narración: obstruyen la intensidad. Por ejemplo en el relato LA
ESTEPA CALCINADA, se dilata la acciones
con una explicación social y política de la comunidad, y, por el mismo efecto, se desaparece al personaje-eje: Melchor, lo
cual resta contundencia al final.
.El aspecto social y político no
es un elemento excluyente; se inserta en la vorágine del conflicto: tiene, en
algunos cuentos, naturaleza no accesoria.
. En
conclusión, el libro asume una postura de
reivindicación del pasado puneño: la historia aimara, el vínculo
totémico, el acercamiento con la naturaleza que engendra
al hombre y lo expulsa al cosmos.
IDENTIDAD Y NUEVA
AXIOLOGÍA EN LA CULTURA
CHIMBOTANA
Por Ítalo Morales
Identidad: término clausurado
por la polémica y extraviado por la realidad. Hablar de identidad y de cultura
es centrar la vieja fórmula antinómica de Realidad
vs. Imaginería. Cuando se pretende potencializar la cultura tomando la función social del arte, se puede arribar a
construir teoremas desalentadores que
conllevarían a quebrar tablas de valores preestablecidos. ¿Es posible establecer
un criterio de identidad cultural de chimbote sólo partiendo de premisas edificantes
de antaño, sin haber determinado que la
nueva realidad sobrepasa esta metáfora?
En todos los círculos intelectuales se habla de que la identidad
chimbotana está aún por afirmarse; que somos un pueblo cuya historia es milenaria.
Esto es cierto. Sin embargo a veces dudo de que ella se pueda afirmar sólo
manipulando esquemas intelectuales y artísticos (ensayos reivindicativos, literatura
telúrica, pintura paisajista) para promover un valor deleznable y a veces
irreal. ¿Acaso queremos seguir cogiéndonos de una brizna cuando el viento de la
modernidad y la postmodernidad enseñan que los valores de identidad ya no
pueden enjuiciarse con los esquemas etnoculturales pasados?
Por eso creemos que
hablar de identidad y sobre todo de identidad cultural de Chimbote merece más
que un discurso lírico, una revisión y análisis de la nueva realidad.
Ya hace algunas
décadas la catarsis arguediana tratando de esbozar una razón a la sinrazón que
era el Chimbote de ese entonces - pequeña Babilonia, gigante incertidumbre- escribió
una novela inconclusa donde retrató un mundo ofuscado y gris. Desde entonces
nuestra idiosincrasia cultural ha tenido el sabor de la incomprensión. Las
nuevas generaciones ya no son el producto de la hibridez sólo racial. Ahora se enfrentan a paradigmas que las van educando fuera de la
formalidad. Nada se ganará con tabúes y prohibiciones para desalentar falsas
alienaciones. ¿Cómo se puede alienar lo que no se ha autoafirmado? Entendamos
el proceso. Es que la tecnología y los mass media vienen reeducando mentalidades que sobrepasan
nuestros deseos. Por eso la identidad
cultural de Chimbote no puede afirmarse
sólo con moralejas tradicionales, ya que ella es estática. La dinámica cultural
nos enfrenta a nuevos retos. Educar para el futuro afirmando nuestra historia
es lo ideal. Pero los modelos y los esquemas antiguos ya no sirven para ello.
La idiosincrasia de un pueblo
oscila con mayor velocidad en las
últimas décadas. Por eso Chimbote y su cultura ahora se alimentan de esquemas
artísticos postmodernos que socavan las
frágiles raíces culturales: los renuevan.
No se puede ir
contra el devenir de la historia. Hay
que saber reconocer este vértigo para comprender que somos una ciudad pluricultural: un crisol de voces y de
sueños. El debate está abierto.
martes, 17 de abril de 2012
lunes, 16 de abril de 2012
CUANDO LA POESÍA ES UN PÁJARO DE
FUEGO O UN SIGNO DE ESTA LEJANÍA
Por
Ítalo Morales
El amor no es construcción de lo real es también sublime acto de dioses
enfermos que no cesan de soñarnos. Amor y poesía son carne y espíritu que se obligan,
se aparean en los desiertos y en los bosques más infames. Por eso sus frutos,
más allá del delirio, son engendros parecidos a un eclipse o a una gran batalla ocurrida en la médula.
Esta ligera introducción no es
gratuita si se la concibe como una de
las formas en que Jorge Castillo Fan construye su poemario “Canción Triste de cualquier hombre”. De un estilo adiestrado en la
metáfora relampagueante, este nuevo trabajo es una síntesis de las vibraciones
o las resonancias que nos deja el fuego y las cenizas del amor. Todo el canto
es una continua representación de dos planos que se oponen en una semiosis
infinita: PRESENCIA y AUSENCIA: vértigo y lucidez, luz y sombra.
Todas las palabras se envuelven de la misma significancia, se aparean consigo
mismas y generan una referencia que no designa lo real, sino que rescatan las imágenes que ellas dejan en los espejos vacíos.
Luego son expulsadas al universo. Allí vegetan en su órbita de silencio
PRESENCIA: en el
aquí es donde se sitúa el yo lírico después de la digestión convulsa de una
referencia amatoria. Desde esta puerta abre sus fauces y se manifiesta al mundo
con todos sus elementos sígnicos: es la certeza después de la tormenta: “sólo quedan estos ojos “, “pecho en polvo
“, dolor humeante”, “Tu cuerpo como piano muerto”, “(mi cuerpo era)”, etc.
Sobre esta impronta donde recorre lo temporal, donde la materialidad significa
la finitud que desgasta, genera su opuesto en la AUSENCIA: resultado de la catarsis del fuego irascible que no cesa de calcinar. Tenemos:
“Mi cuerpo era una voz
cuyos jardines
manaban miel de encuentro
El tuyo era silencio cuyas dunas
Blandían hiel de ausencia
(Jamás podíamos ser)
Es significativo, al igual que el anterior poemario Lámpara de Fiebre, que los sintagmas estén
reflejando siempre esta dualidad de presencia y ausencia al mismo tiempo: Miel de encuentro o hiel de ausencia, por ejemplo. Estas oposiciones son constantes
cargas afectivas que postulan un triple significado y que a su vez es un
proceso: ausencia-presencia-ausencia. El yo lírico en ciertos momentos está
culpando al tú destinador de la ruptura de un orden, donde en esa PRESENCIA (acaso el instante) parece
existir la ensoñación: “ha tomado el
desierto/ y no este jardín sincero/ que mis manos crearon para ti”.
Para esto concurre, repito, un
estilo que se apropia de elementos
concretos de la naturaleza, los que son relacionados con nombres o adjetivos que denotan
inmaterialidad. Por ejemplo “herencia de
lluvia, destino de ojos imposibles, jardín de sueños, rayo de silencio, blanco
de tus sueños, espejo de tu pecho”. Nótese que todas estas figuras tienen
parecida resonancia y que a la postre son los generadores de una estructura semántica
que contribuye a generar la oposición reiterativa de ausencia y presencia, de
luz y sombra, de sueño y vigilia. Imágenes persistentes que a veces saturan el ritmo trabajo en la ruptura.
Cuando el tú destinador se convierte en una metáfora de la lejanía y de
la huella fatal quedan poemas de corte onírico, de fuerza irracional muy notoria
como en el siguiente:
Toda sed vagas por las dunas
(Un oasis abre el corazón sobre tus huellas)
Aquí hay un espejismo creado por tu lengua
En espejos de arena termina el agua trunca
Volverás enloquecida al agua franca
(Y este oasis tal vez ya sea otro espejismo).
Más allá de las coordenadas que las asemejan a la poesía Octavio Paz
–en la contemplación dialéctica de la realidad—el poema presentado resalta por su equilibrio y por
la impronta de fatalidad. Oasis signo representativo del yo
lírico, rechaza desde el presente-espejismo el recorrido del ser amado que pretende
el regreso agónico. Ambos terminarán fundidos en su propia contradicción: sus
huellas serán sólo los espejismos que las palabras reflejarán como entidades.
A lo largo del poemario pesa más la AUSENCIA, la misma que a la
postre será una referencia de la finitudes del espíritu: “No llueve:/ soy yo”. Hasta aquí el discurso culmina con una huella
que alimenta la nostalgia y la decrepitud. Luego en la parte final presenta tres poemas en prosa que siguiendo la misma
línea de la surrealidad, descubre el tiempo a través de un crisol definido de
silencios y rumores, de alas que parecen sobrevolar alrededor de las palabras; son
construcciones cargadas de una misma semiosis: la opacidad de los colores, la
recurrencia a lo anímico como excusa.
De este modo Canción Triste de
cualquier hombre es un himno de la extraterritorialidad. El poeta canta
desde el sueño hacia lo real, traza paralelas con palabras que son incesantes
y refulgentes antorchas. Todos sus
versos acusan el mismo ritmo, se quiebran en cada instante producto de un
lirismo que no mira sobre las cosas, sino que las despierta con un toque mágico
y demoledor. Da vida a lo oscuro y anuncia la calcinación de lo acaecido.
Alguien llora: es señal de que
estamos lejos.
SIGNOS DE LUCES Y SOMBRAS:
TERRITORIO PROHIBIDO PARA LOS LÍMITES.
Por
Ítalo Morales
¿Alguna vez han escuchado el grito lastimero que emiten las palabras al
contacto con el fuego? ¿Han sentido que
lo real se puede convertir en la suma
de sueños postergados? Responder a estas preguntas es oficio de
poetas que bordean los abismos, que se
cogen de las palabras para no caer o
para no sentir la caída inadvertida. Sentir la ebullición de los sueños más
allá de la vigilia es acceder al reino de lo surreal: es penetrar en las comarcas de
Jorge Castillo Fan.
Su poemario Lámpara de Fiebre
se constituye en un avasallante fulgor de signos que sugieren a un primer nivel
una cascada de imágenes que transitan
entre la frágil contemplación de lo real y la marejada onírica. Mantiene una
profunda autorreferencialidad con el lenguaje, el mismo que por su propia
dinámica se torna en medio y en objeto al mismo tiempo. En un nivel más
profundo-revelación de los elementos que
motivan y generan los significados subconscientes- encontramos una serie de
oposiciones sígnicas, que trataremos de explicar por su gran referencialidad.
Para comprender el texto completo
partimos de una semiología evidente que atraviesa el poema y que se traduce
en dos términos que subrayo: FUEGO y
SUEÑO. Veremos que FUEGO se refiere, en su connotación clasemática, a la corporalidad, temporalidad y límite,
mientras que SUEÑO referirá una serie de categorías como
fugacidad, evasión, intemporalidad. A esto se unen otros elementos como alma, lluvia, ojos,
cuerpo, alas, viento, etc y que como bien explica la prologuista Pilar
García Huerta, éstos se comunican entre
sí porque en todos ellos coexiste lo hallado y lo perdido simultáneamente. Los
poemas están atravesados por imágenes y
conceptos que se entrechocan como si fueran tierra y cielo, referente y
conciencia: luminarias de un todo que no cesa.
A partir de la corporalidad, que
es parte del FUEGO, el yo lírico
empieza su danza metafísica de búsqueda y desvelo: porque lo real es horrenda
como fábula, como diría Juan Ojeda. Las primeras luces lo ofrecen los versos
que irán asimilando la dialéctica y ebullición
de lo irracional: delirio luego
existo es el primer concepto anticartesiano que extiende su nube de opacidad. A partir de este instante el discurso es una continua
serie de oposiciones entre el FUEGO que anuncia la corporalidad y el SUEÑO (delirio) que refiere la
evasión. Muchas palabra y frases sintagmáticas están refiriendo de
una manera tenaz este perpetuo acto calcinatorio: flor de fiebre, alas que crepitan, crepitar que se ala, lámpara del
insomnio, etc. Por otro lado el SUEÑO cuya significancia a nivel profundo nos
refiere la idea de lo eterno o
intemporalidad, se opone a la noción del
FUEGO (corporalidad).
¿Cómo se explica esta noción opositiva y qué relación existe entre las
palabras que designan un mundo des-realizado y el yo lírico? Creemos que el yo
lírico se regodea en una subjetividad que elimina toda referencia a lo externo,
tomado éste en función pragmática. El lenguaje está absolutamente despragmatizado
y tiene una autorreferencialidad que celebra su propia búsqueda etérea y surreal del infinito. Las imágenes siguen un orden ascendente y descendente, a
veces caóticas, que sugieren una dialéctica u osmosis ininterrumpida: elipsis
de un vértigo que sólo corresponde a la órbita de lo no vivido y lo imposible. Entre la corporalidad, que
será el signo del fuego que calcina los últimos escombros referido a los ojos,
manos, etc. (temporalidad), y el sueño (signo subyacente de la intemporalidad) hay
un puente que comunica las pulsaciones en un festín de luces y sombras. Dice:
“Una palabra
una sola palabra
que aflore del fuego
más perfecto
de los cuerpos
sellados por el viento (…)
Una palabra
un puente que se
enciende para siempre
un solo soplo de alma
y todo bajo el cielo
estará dicho”.
Por eso el sentido del infinito y de claridad no se halla en esta aparente realidad, sino en los extramuros, en
la otredad donde la lejanía se contempla con ojos acaecidos: “el mar nos presta su lengua”, dice el yo lírico al reconocer que el silencio es la tortura omnipresente. A través del signo agónico que
está celebrando su ardor y su fiebre, el cuerpo se transmuta en una cadena de
vibraciones hacia la fugacidad, y la proyección de una tentativa de muerte se
desvanece. La evasión se engendra en ese
margen donde el yo lírico bordea el lenguaje, pero tiene la ligera conciencia
de que su asimilación total es inasible.
Estas recurrencias se observan claramente cuando expresa:
Fuego de canto: alma
Canto de fuego: alma
Su reconversión dialéctica es:
Alma del canto: fuego
Canto del alma: Fuego
Este último poema es esencial y
se constituye para nosotros en el eje del entendimiento del libro. Estas
oposiciones no son gratuitas, al margen de su relación con lo cognitivo. Es
idea antes que emotividad. El poemario para esto se carga de una serie de
frases cuyos lexemas principales
refieren referentes concretos o abstracciones ideales. Por ejemplo “Y esa palabra/fósforo de tiempo”. Es
una metáfora que se puede entender como destrucción del tiempo.
De igual forma ejemplos que sustentan esta comunicabilidad entre estas oposiciones
son las siguientes frases:
.La lámpara de tu ausencia
.Flor de ensueño
.Jardín de encuentros
El poemario está saturado de este tipo de enunciados que concurren a
crear esa sensación de luz y de sombra, de vértigo continuo que no muere. Las
palabras lámpara, flor, jardín
(referentes del lado de la corporalidad y materialidad) son parte de la
calcinación que también involucra al cuerpo, mientras que sus adjetivaciones a
través de enlaces como ausencia, ensueño,
encuentros, está comunicándose con el margen de intemporalidad: Allí la
conexión subconsciente con el territorio
de lo emotivo.
¿Sólo las palabras son los componentes emulsionadores de una suerte de
esperanza y de puente salvable entre ese fulgor-muerte y la otredad que es sueño- evasión? En un primer momento todo concurre a acelerar este proceso, sin embargo, luego
hallaremos que al final del poemario,
cuando el yo lírico siente que su recorrido hacia el abismo y la fogata es ineluctable surge la luz transfigurada de un amor que destruye los márgenes: edifica una nueva
ventana:
“Más allá del latido y la palabra
tu amor que danza en fuego
y deshace las aspas de la muerte
Más allá de tu fiebre y mi delirio
Tu amor que alumbra el agua sin final…”
Esto es una referencia intensa,
pero no revela un suficiente fulgor para la definición total. Siempre el FUEGO y la fiebre serán una constante celebración que reconoce la fugacidad como ajena a la
experimentación feliz: la soledad y el desierto de la sombra y la luz
se mezclan con ella: simbiosis de muerte y vida, donde sólo la palabra
es el dios fueguino del mundo borgiano.
Corolario: La palabra aúlla lastimeramente en su camina viviente a la perfección
EL VUELO DE LA MOSCA : NOSTALGIA DE UN
PUERTO GRIS
El primer acercamiento a la poesía
de César Quispe, en el Vuelo de la Mosca (Ornitorrinquito
ediciones, 2007) significa bucear en el territorio de la nostalgia, en el
silencio que otorgan las palabras hervidas en el sufrimiento para luego ser
cinceladas en versos que saben a brisa, a sal, a destierro.
Son 15 poemas trabajados con el
ritmo sostenido de frases que agrupan versos encabalgados por el sonido interior, coloquiales, cuya referencia
al individualismo se explora necesariamente con su correspondiente contexto.
Quispe en este primer libro explora con relativa calidad en espacios comunes a su
historia y presenta la cotidianidad de un puerto –referencia semiológica a
Chimbote- caótico, fragmentado. Su poeticidad surge desde el instante en que el
poeta bucea en su tierra y en su
historia y desde ese margen va desenterrando imágenes perdidas, construyendo universos apagados, invocando
voces que han sido diluidas por el tiempo y la memoria.
La irradiación nostálgica en el Vuelo
de la Mosca surge desde el primer poema Puerto (no es gratuito que aparezca 22 veces
en el libro). La referencia inmediata con Chimbote aparece marcada por la
construcción de imágenes que actualizan el caos, la pérdida irreparable de la
esencia de una ciudad fantasmagórica. Las frases recurrentes son similares a
“Puerto sin destino”, “yo nunca pedí venir a este puerto”. El aliento destructivo
que emiten los poemas de este corte, como Que importan mis cabellos viejos, Como no
entenderte, No tengo flores, no tengo rosas, es similar a los registros de
Juan Ojeda. Es decir, imágenes poéticas que recuperan la esencia de una ciudad
derruida por el olvido: metáforas que aparecen como vientos del desierto:
barren el polvo, la esperanza. A las calles
nadie los transita; a los barcos solitarios, nadie los navega. Alguien se llevó
los sueños inconclusos. Los corazones parecen vacíos y los ojos llenos de furor
y de rabia.
Ante este marco surge la voz del yo lírico que ansía la destrucción del
caos y la vuelta al equilibro metafísico
del pasado: la historia virgen, el eterno retorno a la infancia: un
ansias furibundo por vaciar la memoria. El poeta entonces aviva una ligera connotación política
y blande la palabra guerra (aparece 23 veces) y con el corazón hinchado de
humanidad se muestra rebelde. La perplejidad dialéctica se sumerge desde todos
los signos posibles que connoten simbolismos.
Dice “Hay una guerra / entre la chalina y mi garganta, / entre el vaso y mis
labios,/ entre el puerto y las fábricas,/ entre mi perro y su soga.”
Otra característica en el libro –sin
necesariamente aparecer en el orden lógico como se está mostrando- es el claro
sentimiento de evasión que se lee entre líneas. Dice “Quiero correr / pegarme a tu lado, /alistarme en la guerra,
/levantar mi palabra” (De cáñamo y brea).
El poeta al sentir
la maquinaria de la rutina y la podredumbre que representa ese gato viejo que ronda los
techos, caminando sobre escombros, sobre esteras alimenta la fuerza de una realidad
devastada. Aquí hay una recurrencia a la creación de imágenes cuya construcción
son homogéneas: peine desolado, camisa desteñida, zapato agujereado, sandalia
olvidada, cuchara de palo, viejo zapato, etc. La marginalidad se mezcla con la evidencia
de algo que no anda bien. Entonces el amor, la búsqueda de algún cielo normando
o vikingo precipitan la caída de nuevo a la memoria. La flor asume un rol
semiótico al ser oposición entre el caos y la barbarie. La flor y la poesía aparecen como anuncios de nuevos
soles y nuevas auroras. En esa búsqueda de la esencia el yo lírico es una
especie de filósofo que deambula por las
calles sucias del puerto. Estas referencias contextuales –nótese el
coloquialismo y la mención a figuras
históricas como el Loco Moncada, el chileno Lynch, nombres autobiográficos,
etc- participan de esa poeticidad.
El Vuelo
de la Mosca es la síntesis de una vida contemplativa de la
cotidianidad: poemario rasgado por el sentimiento de la tierra y el retorno de
las fuentes de la memoria. En su lectura uno
hallará que las palabras han sido
expuestas al viento y la brisa de un
puerto quebrado.
¿Por qué
leer a Mario Vargas Llosa?
Por Ítalo Morales
Hay que leerlo porque sus novelas
son construcciones parecidas a un edificio en Manhattan: elegantes y difíciles de imitar. Hay que leerlo porque
personajes, como Zavalita nos estrellan constantemente contra el muro de la
historia para darnos un sopapo y preguntarnos
constantemente como si fuéramos
alguien o nadie: ¿En qué momento se jodió el Perú? También porque La
Casa Verde no sólo es verde, sino que tiene los
diversos colores del país: matizados con el ruido y el lenguaje de un
prostíbulo edificado en la cima de un pueblo andino. Hay que leerlo porque el Poeta y el Jaguar de la Ciudad y
los Perros son actores de carne y letra
moldeados por una sintaxis que parece escaparse de las hojas. Leerlo porque la
tía Julia ha hecho del incesto una suerte de función de medianoche y porque el
mudo del rincón más olvidado quiere ser un hablador para retratarse en una
foto que diga Perú.
Hay que leerlo porque ha hecho de la historia un juego de locos,
donde el fanatismo de un Consejero
se semeja a la pesadilla de Abimael Guzmán: historia mesiánica de la
Guerra del Fin del Mundo, épica de la sinrazón y de la muerte. Leerlo para
escapar – quizás aleccionados-del círculo de la
calamidad que ha representado el terrorismo más salvaje en nuestra
historia, donde los Maytas recorren los
andes y la selva mientras su fusil apunta siempre a una estrella. También
leerlo para sembrarnos las ganas de incendiar los templos del fascismo:
dictaduras morbosas que oscilan entre la derecha y la izquierda del infierno.
Leerlo para cerrar los ojos e imaginar a Lucrecia, limpia, cortesana, infiel y
palpable; imaginarla desnuda sobre un
potro negro a la espera de un cazador de noches y de sueños. Sí, leerlo para volver a creer que
algunas niñas pueden ser malas por siempre y que todos podemos enamorarnos de
unos ojos y de una voz hasta que la
osamenta nos resista. Leerlo y releerlo, sin aspavientos y sin mesura, allá en
la guarida del lobo, iluminados por una antorcha, mientras nos dejamos seducir
por Flora Tristán y Paul Gauguin, quienes murieron en la búsqueda de una luz.
Abrir por enésima vez El Pez en el Agua
y sumergirse, ávido de anécdotas de vida y salir exhausto de campañas políticas
dolorosas y de traumas infantiles.
Finalmente, leerlo para
sentirse abrazado por millones de lectores que también aman el lenguaje y el
sueño irreparable de la historia. Abrir
la primera página y buscar un nombre
cualquiera, un rostro cualquiera. Sorprenderá la coincidencia
CUADERNO DE INTERROGANTES: DISCURSO EPIFÁNICO DEL DESENCANTO
Por Ítalo Morales
Después de leer Cuaderno de Interrogantes de Enrique Tamay se tiene la sensación de
haber sido testigo de una rara purificación de la palabra y del espíritu o de
haber bebido de aguas prohibidas, raramente profanadas, donde la poesía se
convierte en el espacio propicio de la duda y de la impronta fatal.
El libro se ofrece como un excelente discurso larvario
del desencanto y de la maravillosa sensación de ser o de no ser: oposiciones
anímicas que oscilan también entre vida/muerte, infinito/fugacidad,
evasión/encierro. Es un buceo en las comarcas siempre exploradas de la soledad
y el desamparo; lleno de imágenes
lumínicas y opacas, exultadas por ritmos indistintos, que parecen deslizarse en
una continua celebración del caos y la ruptura metafísica. Para esto el
poemario se expande en una serie de
enunciados o categorías ofrecidas en este tránsito: duda-interrogante-fatalismo.
Entendemos que el poema que apertura el libro es un grito
blasfemante, la duda metafísica —como dice Mario Bordón— sobre la condición
humana. El anafórico Acaso de los
versos iniciales interpelan desde el aquí
el sentido de la otredad, de las
emanaciones culturales, de la misma sumisión
al “miedo de ser/ o no ser. Un mono. / Un hombre.” (p.13). Luego el
poeta explora, no como categorías definibles u ontológicas, sino como recursos
emotivos, la existencia en plena danza. A través de versos adiestrados al ritmo
de la elipsis y la ruptura continua del verso largo, el yo lírico busca saciar
su sed primitiva de armonía, de quietud. En la contemplación de lo real, de la dispersión del caos y la incertidumbre encontramos reiteradas expresiones hacia el
tiempo, la nostalgia, Dios, la soledad, el amor y la tentativa de autodestrucción. En los poemas
de la primera parte, la continua mención a lexemas significativos como la
muerte, las sombras, el infinito, el cuarto, se ofrecen como cargas simbólicas
que buscan el asombro ante la fatalidad: “De
todo cuanto/ existe o no existe. Como caudaloso río que después de todo se
arrastra a su misma sepultura” (p.14), canta el final del poema 2. Otros
finales retienen la misma epifanía: “(sólo
soy un niño que de repente ha envejecido)”, “Sin más compañía que esta botella
desflorada”, “en plena víspera invadido por gusanos”, “sin más sombra que tus
harapos”, “Bebo la cólera de los siglos/ cuando ya amanece”.
La sed de recuperabilidad de lo que ha sido es
uno de los instrumentos que catalizan el desencanto, ofrecido a través de una desacralización continua de la
esperanza. De allí que el tiempo no sea una categoría cognitiva, sino un
intento emotivo de apertura de lo que no
es. Es la contemplación de lo imposible lo que lleva a expulsar el ruido
ontológico de la nostalgia, de allí que el poeta use el lexema infinito como un puente –esencia de la
comunicación con una eternidad que no es cristiana, sino evasiva. Existen tres
imágenes semejantes que alcanzan a definir esta sed de plenitud: “puerta abierta o cerrada al infinito”, “En
el infinito de los cielos sin alcanzarlo”, “El infinito a lo lejos nos divisa”
Esto no es casual, sino un signo que denota un afán de que el tiempo/fugacidad es
aplastante: “El tiempo/ se pierde/ en un
hoyo oscuro” (p.31). En este mismo espacio la idea de Dios se ofrece como
huérfana ante la ruda manera de poseer esta conciencia de ser: “(Eres) Nada más que un grito sin eco que se
estrella con la nada” (p.18). No es una recurrencia, pero sí es visto como
símbolo de triple pertenencia
Cristo-humanidad-sufrimiento. Los versos caen como gotas ácidas sobre la
sensibilidad, agravan la duda, exploran todos los rincones para dejar una orfandad sin respuestas. Ahora, en la leve
manera de evadirse de la ruptura y del caos, el yo lírico parece encontrar en
el amor cierta disolución de los miedos y las cadenas demenciales de lo real.
El amor es la epifanía fugaz donde se construye la impronta de lo feliz, sin
embargo, la certeza de que no hay infinito, el otro refugio del poeta es la
palabra emulsionadora, el retorno a los reinos de la poesía.
La parte II del poemario ofrece un acelerado
canto del destierro, como si esos versos-palabras que inundan las últimas
páginas quisieran absorber la fugacidad y darle al yo lírico una nueva
plenitud: “Para salvar mi cuerpo y alma
debo plantar una fogata” (13). Pero el abismo de hallarse en los límites de
la destrucción le lleva a disolver el
mundo con un telón-cruz donde la muerte cierra el intento de evadirse. Por eso,
el ultimo poema -un caligrama en forma de cruz- termina signando a la muerte
como el límite final: “Lugar
imaginario del cual por más que de
rodillas nos persignemos no podemos escondernos” (p.37).
Cuaderno
de Interrogantes es una gran resonancia lírica
que transita entre la vida y la muerte,
entre las eternas preguntas metafísicas y las dudas proclives al fatalismo. En
cada poema vibra un eco apagado que ahuyenta lo cognitivo, que induce a la emotividad.
Son versos clausurados en la forma, que se liberan sígnicamente
con la voz lastimera de su propia referencia, de su propia infinitud.
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